
Pacientes como Ayrton dos Santos Pinheiro, de 90 años, asegura que cuando llegó al hospital sus «fuerzas se renovaron»
«Aquí es donde empezaría la carrera de los tres faros: desde Humaitá, pasaría por el faro de Barra y llegaría al faro de Itapuã», dijo Ayrton dos
Santos Pinheiro, contemplando el mar en Salvador que se abría ante su ventana.
Era un lunes de principios de junio, con cielos despejados en la capital del estado brasileño de Bahía tras días de fuertes lluvias, y Ayrton, de 90 años, se encontraba en una de las tres camas distribuidas en una habitación amplia y bien iluminada del hospital Mont Serrat.
«Cuando me dijeron que vendría a este hospital, no sabía que estaba aquí», continuó, hablando de las instalaciones de Ponta de Humaitá, en lo alto del barrio de Monte Serrat, en la Cidade Baixa (Ciudad Baja).
Los recuerdos obligaron a Ayrton a hacer una pausa en su discurso. Respirando hondo, con la voz entrecortada, habló con detalle sobre sus años como corredor, su familia y el nacimiento de uno de sus hijos en ese barrio.
Nacido en Pojuca, un pequeño pueblo de la región metropolitana de Salvador, llegó a la capital con unos 8 años con su familia y, hasta el día de hoy, está encantado con la ciudad, de la que nunca se ha ido. «Es hermosa», dijo.

Un hospital sin UCI
Recorrer los cuatro pabellones del Mont Serrat es también una forma de darse cuenta de que no es un hospital tradicional.
No hay sala de reanimación —ya que eso iría en contra de uno de los criterios de ingreso— ni Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).
Karoline, quien compara el ingreso en una UCI con correr una maratón, afirmó que esto sería incompatible con la condición de los pacientes ingresados.
«Si obligo a este paciente a correr una maratón, solo le provocaré sufrimiento», explicó la doctora.
«Así que, en lugar de eso, le sugerimos que se siente aquí a contemplar la puesta de sol. Aproveche para decir perdón, gracias, te quiero y adiós», agregó.
Para que un paciente reciba cuidados paliativos, debe ser derivado por una Unidad de Urgencias (UAU) y cumplir ciertos criterios, como tener un diagnóstico de una enfermedad grave y una esperanza de vida estimada de seis meses.
La familia y el paciente también deben haber enfrentado lo que Karoline llama «conversaciones difíciles», es decir, discutir un pronóstico irreversible y saber que la UCI no estaría entre las opciones para mantenerlo con vida.
Otra peculiaridad de Mont Serrat es que la morgue está en el centro, entre los cuatro pabellones, y no en un ala aislada. Y, en el mismo espacio, dividido por una puerta corredera, se encuentra la Sala Saudade (nostalgia o añoranza).
En ese recinto es donde muchas familias se despiden y se abrazan tras el fallecimiento de un pariente, porque la premisa es que los familiares también reciban atención.
La sala cuenta con un sofá, un televisor, agua, café y una lámpara con luz indirecta.
En la pared de la entrada, está escrita una cita de Ana Claudia Quintana Arantes, una de las pioneras y más famosas profesionales de cuidados paliativos del país: «Un minuto de silencio. Necesito oír cantar a mi corazón».
«Este hospital ha sido un sueño hecho realidad durante muchos años», dijo Karoline, médica pernambucana de 44 años y quien reside en Salvador desde hace 11 años.
El sueño comenzó en 2019, cuando se creó el Centro de Cuidados Paliativos de la Secretaría de Salud de Bahía, que forma a médicos especialistas en esta área en todo el estado.
El centro fue pionero: en mayo de 2024, el Ministerio de Salud lanzó la Política Nacional de Cuidados Paliativos. De igual manera, los cuidados paliativos son una asignatura obligatoria en las facultades de medicina de todo el país desde 2023.
En Bahía, el proyecto tomó forma tras un análisis de la red.
«Nos dimos cuenta de que entre el 20% y el 30% de los pacientes de toda la red pública de Bahía tenían indicación de traslado a una unidad especializada en cuidados paliativos», dijo Karoline.
«No queríamos que los pacientes llegaran aquí y murieran inmediatamente», explicó Yanne Amorim, directora médica del hospital, «ni que se convirtiera en un hospital para enfermedades crónicas».
Por eso, la esperanza de vida estimada de los pacientes que llegan al Mont Serrat es de seis meses. Algunos viven más y regresan a casa para seguir recibiendo cuidados de sus familias. Otros viven mucho menos, por lo que la estancia hospitalaria promedio es de ocho días.
«El paciente recibe el alta sabiendo y entendiendo que sigue padeciendo su enfermedad», explicó Yanne.
«Pero regresa a casa con la condición de estar conectado con lo que a menudo es sagrado para él: su familia», puntualizó.
Los pacientes dados de alta pueden continuar su tratamiento en casa, asistiendo ocasionalmente a la clínica ambulatoria del Mont Serrat, o terminan falleciendo rodeados de familiares y amigos.
BBC News Brasil visitó la institución dos veces, una a principios de abril y otra exactamente dos meses después. Ninguno de los pacientes que estuvieron allí en la primera visita seguía en la segunda.
«Mi marido llegó muerto»
A principios de abril, la pareja de la jubilada Angela Maria Barbosa Teixeira, de 48 años, llevaba casi un mes hospitalizada.
Tras sufrir un robo y recibir varios golpes en la cabeza, Donizete Santana de Oliveira, de 33 años, descubrió que la inflamación en su cráneo se debía a un cáncer. Angela contó la historia, pues su marido ya no podía hablar ni moverse.
A pesar de la cirugía y la quimioterapia, el tumor persistía. «Después de todos los intentos, nos terminaron recomendando cuidados paliativos», dijo. «Estábamos tristes. ¿Quién se alegraría con una noticia así?», prosiguió.
En ese momento, Donizete estaba hospitalizado en otro hospital, también público. «Allí sufrió mucho, estaba muy mal, gritaba», dijo conmovida. En una palabra, resumió el estado en el que se encontraba Donizete al llegar a Mont Serrat: «Muerto».
«Pero cuando llegamos aquí, nos trataron tan bien que empezó a mejorar», dijo.
«Todos, desde las señoras de la limpieza hasta los psicólogos, nos recibieron con los brazos abiertos. Esto no ocurre en ningún otro lugar, por eso digo que este es un pequeño paraíso», indicó, revelando en la práctica los contrastes dentro del propio SUS.
Todo el equipo del hospital, compuesto por 430 personas, recibe la misma formación.
Guardias de seguridad, personal de limpieza, enfermeras y médicos participan en dinámicas que abordan la empatía y preguntas como: ¿cómo le gustaría que lo trataran si llegara aquí? ¿Qué pediría en este tiempo?
Estas preguntas se repiten a diario con los pacientes.
«Me preguntan qué quiero, qué es lo que más me gusta, qué quiero comer. Estoy aquí como una señora rica. ¿Dónde voy a encontrar eso?», dijo entre risas Helita Maria da Silva, ama de casa de 86 años, una mujer llena de vida a la que BBC News Brasil encontró, al igual que a Ayrton, en su segunda visita al hospital, a principios de junio.
Junto a su hijo, el asistente de producción João Raimundo da Silva Vitória, de 54 años, descansa en una cama mientras ve la televisión.
«Está aquí recibiendo un buen tratamiento, después de que decidimos no operarla debido a su avanzada edad», dijo João, resumiendo con sus propias palabras los cuidados paliativos que recibió su madre, quien padece cáncer de hígado.
«Me tratan como a un bebé», concluyó Helita, quien fue dada de alta dos días después.
Angela, la pareja de Donizete, también agradeció la atención.
«Estoy feliz, porque cuando Dios se lo lleve, sé que este hospital le ha propuesto un final feliz, un final sin dolor, sin gritos, sin llantos», dijo.
Donizete falleció a los 33 años, 20 días después de la primera visita de BBC News Brasil al hospital, tras pasar dos meses bajo cuidados en el Mont Serrat.
Sin relación con la eutanasia
El hospital, que sigue siendo el único centro del SUS dedicado íntegramente a cuidados paliativos (existen algunas iniciativas entre hospitales privados), se inspiró en el ejemplo de tres sistemas modelo: el inglés, el canadiense y el argentino, explicó la doctora Karoline Apolonia.
El primer servicio dedicado a cuidados paliativos en el mundo se creó en Inglaterra. Ubicado en Londres, St. Christopher’s fue fundado en 1967 por Cicely Saunders, la pionera en cuidados paliativos.
Karoline enfatiza que los cuidados paliativos no tienen relación con la eutanasia, una asociación común pero errónea. «Son dos conceptos diferentes», aclaró.
Según ella, los cuidados paliativos abogan por la ortotanasia: tratamientos que controlan los síntomas para el proceso natural del final de la vida.
La eutanasia, en cambio, es la práctica de causar, sin dolor, mediante una inyección que detiene el corazón, la muerte de alguien que padece alguna enfermedad.
Aunque el debate sobre la eutanasia y la muerte asistida (cuando un médico prescribe una sustancia letal para que el paciente pueda suicidarse) está avanzando en algunos países, como Canadá y algunos estados de EE.UU., en Brasil ambas modalidades están prohibidas por ley.
Karoline explica, sin embargo, que existen recursos, dentro de la ortotanasia, para reducir el sufrimiento del paciente sin acelerar el proceso de muerte. La sedación paliativa, según la doctora, es un analgésico sedante capaz de disminuir la consciencia.
«Así, el propio cuerpo entra en un estado de finitud», aseveró.
«Y esto no es eutanasia activa, que es cuando un profesional de la salud, movido por la compasión, realiza un acto cuyo objetivo final es provocar la muerte de la persona», apuntó.
«Siempre podemos reducir el sufrimiento controlando los síntomas y ofreciendo sedación paliativa, que es algo legal», remató.
fuente: bbc
